¿Y si mi hijo elige carrera y al año se quiere cambiar?
¿Cuánto nos va a costar ese año perdido en colegiatura, en tiempo, en ánimo?
Hay una conversación que están teniendo muchos papás con sus hijos y estoy casi seguro que en tu casa también está pasando. Tu hijo te dice un nombre de carrera con la voz bajita, como pidiendo permiso, y tú por dentro piensas dos cosas al mismo tiempo: ojalá ya se decida, y ojalá no se equivoque.
Y te entiendo, tiene todo el sentido del mundo querer proteger a nuestros hijos de lo que viene. Hace total sentido que te preocupe el dinero que cuesta la universidad y que te dé miedo que tu hijo se quede a la mitad, desanimado, mientras sus amigos avanzan. Seamos honestos, ningún papá quiere pagar por un error.
Te voy a quitar un peso de encima y es que tú no eres la persona adecuada para garantizar que no se equivoque. Probablemente no es lo que venías a escuchar, pero te lo digo con la mano en el corazón. Tu trabajo no es asegurar la elección perfecta. Tu trabajo es ponerle las herramientas para que explore antes de apostar. Uno no puede amar lo que no conoce, ¿no?
Lo que quiero que te des cuenta es que el riesgo no es que cambie de carrera. El riesgo es que se quede en una que no es suya por no aceptar que se equivocó. El mayor riesgo no es que tu hijo no sepa qué estudiar, es que elija creyendo que eligió bien.
Te voy a dar tres cosas que veo una y otra vez en las familias con las que converso. Son tres formas distintas de perder ese año que tanto te preocupa.
¿Dónde suele estar el error? En quedarse por orgullo
Te pongo un ejemplo. Diego, de Puebla, eligió ingeniería porque era buenazo en matemáticas y porque su papá es ingeniero. Parecía lógico. A los tres meses odiaba los laboratorios, pero no decía nada para no decepcionar. Aguantó todo el año reprobando y callando. Lo que creía era que cambiarse era fracasar. Lo que descubrió, cuando por fin pudo probar otras áreas, es que lo suyo era pensar con rigor, pero aplicado a personas, no a máquinas. Hoy está en un camino distinto y más tranquilo.
Diego no está roto, no es malo, no es flojo. Tenía miedo. La apatía de un joven casi nunca es flojera, es una llamada de auxilio silenciosa. Si tu hijo siente que cambiarse te va a doler a ti, va a preferir hundirse en silencio antes que decirte que se equivocó.
¿Apostarías la colegiatura a un número de la ruleta?
De hecho, así eligen muchos. Escogen un nombre que suena bonito sin haber visto el día real de ese trabajo.
Fernanda, de Monterrey, quería estudiar diseño porque dibujaba precioso desde niña. Justamente lo que todos le decían: tienes que estudiar diseño. Lo que no había visto era el trabajo real detrás del nombre: clientes, entregas de madrugada, críticas, presupuestos. Cuando se sentó con una diseñadora de verdad y le acompañó una semana, entendió algo clave. Le gustaba el mundo visual, pero no tenía lo que se necesita para vivir diseñando para otros. Lo que creía era que dibujar era la carrera. Lo que descubrió es que hay muchas formas de usar ese gusto sin encerrarse en una sola etiqueta.
Es como llevarlo a la academia de karate sin conocer al maestro. Tú no eres el experto en karate, eres el facilitador que lo lleva a probar. Acá es igual. Hay casi doscientas opciones dando vueltas. Si tu hijo solo conoce cuatro o cinco nombres, no está eligiendo. Está apostando.
¿Y si en vez de evitar el error lo haces más barato?
El tercer punto es el más práctico. No puedes evitar que tu hijo dude. Pero sí puedes hacer que dude antes de pagar la primera colegiatura.
Emilio, de Querétaro, llegó diciendo que quería medicina porque su prima acababa de entrar y toda la familia la aplaudía. Su mamá, en vez de discutir, le ayudó a hacer algo simple: ver, escuchar y probar. Ver un día real en una clínica, escuchar a un médico hablar no de la bata sino de las guardias, probar un curso corto de primeros auxilios. Lo que creía era que quería medicina. Lo que descubrió es que le atraía ayudar, pero no desde un hospital. Le atraía conectar genuinamente con la gente. Se ahorró un año entero.
Por eso insistimos tanto en explorar antes de filtrar. Primero se abre la lista a quince o veinte caminos afines, luego se prueba. Aprender como elegir carrera no es tachar nombres en un folleto, es ponerle a tu hijo experiencias chiquitas y reales antes de la decisión grande.
Pon la cara de tu hijo en tu mente. Imagínatelo en veinte años. ¿En qué tipo de casa te gustaría que viviera? ¿Con qué cara te gustaría que llegara del trabajo? Las dos decisiones más importantes de una vida son con quién la compartes y a qué te dedicas. Vale la pena dedicarle unas semanas a explorar bien para no pagar años de arrepentimiento.
Así que, si esta pregunta te ronda por la noche, no la resuelvas presionando para que ya elija. Resuélvela ayudándole a probar. Si quieres conversar sobre cómo acompañarlo en ese proceso, hay una sesión informativa gratuita donde te explicamos cómo trabajamos con las familias.