Deja de preguntarle a tu hijo qué le apasiona. Esa pregunta no lo está inspirando, lo está paralizando.

Seamos honestos, ¿no? Si a los 38 años muchos de nosotros seguimos afinando qué nos gusta y qué no, ¿por qué le exigimos a un chavo de 17 que ya traiga una pasión definida, intensa y rentable para elegir lo que va a hacer el resto de su vida?

Hay una conversación que están teniendo muchos papás con sus hijos y estoy casi seguro que en tu casa también está pasando. Van en el coche, o están cenando, y sale la pregunta con la mejor intención: “mi amor, dime qué te apasiona, de ahí partimos”. Y él se queda callado. O te dice “no sé”. O te dice “nada”. Y tú sientes ese hueco en el estómago.

Y te entiendo, tiene todo el sentido del mundo querer proteger a nuestros hijos de lo que viene. Hace total sentido pensar que si encontramos esa chispa, ya todo lo demás se acomoda. Lo que quiero que te des cuenta es que esa pregunta, así como la estamos haciendo, pone la carga en el lugar equivocado.

Te voy a quitar un peso de encima y a la vez te voy a decir algo incómodo: tú no eres la persona adecuada para diagnosticar su pasión. Probablemente no es lo que venías a escuchar, pero te lo digo con la mano en el corazón. Tú no eres el experto, eres el facilitador. Tu trabajo no es sacarle la respuesta, es ponerle enfrente las herramientas para que él la descubra.

Te voy a dar tres cosas que veo todos los días con los jóvenes que acompañamos, para que cambies la pregunta de la pasión por algo que sí le ayude.

1. Uno no puede amar lo que no conoce

¿Dónde suele estar el error? Creemos que tu hijo ya vio el menú completo y solo le falta escoger. De hecho es al revés. Tu hijo conoce cuatro o cinco carreras de nombre, las de siempre, y con eso le pedimos que sienta una pasión.

Te pongo un ejemplo. Diego, de Puebla, llegó diciendo que nada le movía. En su cabeza, elegir era entre medicina, derecho o ingeniería porque era lo que había oído en su casa y en su escuela. Cuando empezó a explorar de verdad, con una lista amplia de 15, 20 o 25 opciones afines y no de tres o cuatro, descubrió el mundo de la logística y las operaciones. No era que no tuviera pasión, es que nadie le había presentado aquello que podía apasionarle. Justamente eso es lo que pasa cuando dices mi hijo no sabe que estudiar: muchas veces no es falta de ganas, es falta de repertorio.

Piensa en llevarlo a la academia de karate o de ballet. Tú no te ponías el traje de experto para enseñarle la patada. Lo llevabas, lo inscribías a una clase muestra, mirabas cómo reaccionaba. Con las carreras es igual. Primero se explora, no se filtra.

2. La palabra pasión se siente como examen

¿Qué escucha tu hijo cuando le preguntas qué le apasiona? Escucha: “deberías sentir algo muy fuerte y muy claro ya”. Y como no lo siente, se asusta. Y como se asusta, se apaga. Y entonces parece que no le importa nada.

Lo que quiero que te des cuenta es que esa apatía no es flojera, es miedo. Es una llamada de auxilio silenciosa. Tu hijo no está roto, no es malo, no es flojo. Está tratando de no equivocarse frente a ti.

Fernanda, de Querétaro, me lo dijo clarito en una sesión. Ella había dicho que su pasión era el diseño porque era lo único que sonaba aceptable. En el fondo lo había elegido porque era lo que no iba a incomodar a nadie. Cuando le quitamos la palabra pasión de la mesa y empezamos a hablar de qué se le daba fácil, en qué se atora y cómo reacciona cuando se atora, apareció otra historia: se le daba conectar genuinamente con la gente, escuchar, organizar. Terminó mirando carreras que entrenan justo eso y que ella ni tenía en el radar.

Es como si tuvieras 200 canicas en un recipiente y solo tres fueran las buenas, y le dijeras “a ver, saca tu pasión a la primera”. Pues claro que se bloquea. Nadie elige bien bajo esa presión.

3. Cambia la pregunta por algo que sí pueda contestar

Entonces, ¿qué sí le preguntas? No le pidas el final de la película. Pídele escenas que ya vivió.

De hecho, eso es como elegir carrera en la vida real: no partes de una iluminación, partes de patrones. Observas, juntas piezas y luego sales a probar.

Te pongo otro ejemplo. Emiliano, de Mérida, juraba que lo suyo era programar porque “eso deja dinero”. Dedicarte a algo solo por el sueldo es un tipo de esclavitud moderna, y él ya lo estaba sintiendo sin saber ponerle nombre. Cuando dejó de buscar la pasión perfecta y se puso a probar — hablar con un ingeniero de verdad, ver un día real de trabajo, tomar un taller corto — se dio cuenta de que le gustaba pensar con rigor, pero no encerrado en código ocho horas. Su lista se movió a carreras que usan ese mismo talento de otra forma. No encontró su pasión antes de elegir. La empezó a construir después de entender cómo es él.

Así que no le apuestes a un número de la ruleta lo que cuesta una colegiatura. No le pidas que adivine su futuro con cinco nombres de carreras en la cabeza. Dale calle, dale opciones, dale permiso de no saber todavía.

Pon la cara de tu hijo en tu mente. Imagínatelo en 20 años. ¿En qué tipo de casa te gustaría que viviera? ¿Con qué cara te gustaría que llegara en las noches? Las dos decisiones más importantes de una vida son con quién la compartes y a qué te dedicas. Vale la pena no resolverlas con una pregunta que lo deja mudo.

Si hoy sientes que mi hijo no sabe que estudiar, no lo tomes como fracaso. Tómalo como punto de partida. Y si quieres entender mejor como elegir carrera sin presionarlo con la pasión, empieza por explorar con él, no por exigirle una respuesta.

El mayor riesgo no es que tu hijo no sepa qué estudiar, es que elija creyendo que eligió bien. Si quieres, conversemos en nuestra sesión informativa gratuita y te muestro cómo acompañarlo paso a paso.