Santiago, de León, tenía 17 años y era el orgullo de su casa. Por fuera todo se veía en orden: buenas calificaciones, equipo de futbol los sábados, celular nuevo. Lo único raro es que los domingos en la noche lloraba. Su mamá me contó que se encerraba en su cuarto y decía que no quería hablar de prepa, ni de universidad, ni de nada.
Lo que en realidad estaba pasando no se veía en la boleta. Santiago se dormía entre la una y las dos de la mañana, con el celular prendido, TikTok abierto y la luz del cuarto encendida. Se levantaba a las seis para ir a la escuela, se tomaba un café frío y aguantaba el día como podía. No estaba roto, no era flojo, no era apático. Estaba desvelado. Y un joven desvelado no puede hacer el trabajo más difícil de sus 17 años: pensar con calma en su vida.
Hay una conversación que están teniendo muchos papás con sus hijos y estoy casi seguro que en tu casa también está pasando. Es la de las diez de la noche en la cocina, con los cuadernos regados: “ya ponte a investigar, ya tienes que decidir, se te va a pasar el tiempo”. Tú lo dices porque lo amas y porque te preocupa, ¿no?
Y te entiendo, tiene todo el sentido del mundo querer apretar cuando ves que se le va el semestre. Hace total sentido pensar que le falta motivación. Seamos honestos, todos hemos pensado eso alguna vez como papás.
Te voy a quitar un peso de encima y es que tú no eres la persona adecuada para ayudarlo a decidir si primero no lo ayudas a descansar. Probablemente no es lo que venías a escuchar, pero te lo digo con la mano en el corazón. Tú no eres el experto, eres el facilitador. Es como cuando lo llevaste a la academia de karate o de ballet: tú no te pusiste el traje, le pusiste en las manos al maestro correcto.
Lo que quiero que te des cuenta es que muchos pleitos por la elección de carrera no son pleitos vocacionales, son pleitos de cansancio. Así que te voy a dar tres cosas que estoy viendo en casi 2000 jóvenes que hemos acompañado de Canadá a Argentina, para que revises antes de volver a hablar de universidades.
1. Un cerebro desvelado no explora, solo se defiende
¿Dónde suele estar el error? En pedirle que explore cuando su cuerpo apenas aguanta el día. Uno no puede amar lo que no conoce, y para conocer hay que tener curiosidad. Un joven que duerme cinco horas no tiene curiosidad, tiene modo defensa.
Te pongo un ejemplo. Fernanda, de Mérida, me decía que nada le interesaba. Su mamá pensaba que era desinterés por todo. Cuando revisamos su semana, dormía con audífonos puestos y se despertaba tres o cuatro veces por noche. De hecho, la evidencia sobre sueño en adolescentes va en esa línea: una revisión sistemática sobre duración de sueño y toma de decisiones encontró que dormir poco se asocia con más conductas de riesgo y peor juicio, y un trabajo de la Universidad de La Laguna y una tesis de la UNACH lo ligan con menos concentración, menos retención y más trabajo para resolver problemas. No es flojera, es una llamada de auxilio silenciosa.
Por eso, en una buena orientacion vocacional primero ordenamos el terreno. Antes de preguntar qué le gusta, preguntamos a qué hora se duerme, cuántas horas duerme de verdad y qué hace la última hora antes de dormir. Sin ese orden, cualquier lista de 15 o 20 carreras afines se siente como una losa más.
2. Cansado, todo suena igual y nada emociona
¿Te ha pasado que cuando tú estás agotado todo te irrita? Con ellos pasa igual. Cuando está agotado, la pregunta de que carrera estudiar se vuelve plana. Medicina suena igual que ingeniería, que diseño, que nada. No porque no tenga potencial, sino porque no tiene energía para imaginarlo.
Valentina, de Guadalajara, sí había investigado pero no sabía qué era lo importante que tenía que investigar. Ella me decía: “tío Enrique, todo me da igual”. Justamente ahí estaba la pista. Dormía mal, estudiaba de madrugada para los exámenes y vivía a base de bebidas energéticas. Su papá me confesó que ya habían buscado de todo para la concentración en internet. Y te entiendo, en esa desesperación aparecen búsquedas de todo tipo, desde tés hasta fórmulas con hongos funcionales —las que en las tiendas aparecen como melena de león, o lion’s mane, y que venden marcas como QUENUT—, además de pastillas y rutinas milagro.
Seamos honestos: ningún atajo sustituye dormir. Lo que sí ayuda es bajar el ruido. Apagar pantallas una hora antes, sacar el celular del cuarto, mantener un horario parecido incluso el fin de semana. Parece pequeño, pero es lo que le devuelve la capacidad de comparar. Si quieres ordenar esa parte, revisa esta guía sobre como elegir carrera empezando por el trabajo real y no por el folleto, que se entiende mucho mejor con la mente descansada.
3. El cuerpo también vota en la decisión
Las dos decisiones más importantes de una vida son con quién la compartes y a qué te dedicas. Las dos se toman con el cuerpo, no solo con la cabeza. Un joven con ansiedad, con dolor de cabeza todos los días, con gastritis a los 17, no está eligiendo mal, está eligiendo desde el malestar.
Te pongo otro ejemplo. Diego, de Puebla, era el fashion icon de su salón solo por fuera. Por dentro tenía ataques de angustia cada vez que alguien le preguntaba qué iba a estudiar. Cuando me dices mi hijo no sabe que estudiar, yo siempre te pregunto dos cosas: a qué hora se duerme y qué le da miedo. Porque muchas veces la apatía no es flojera, es miedo. Miedo a equivocarse, miedo a decepcionarte, miedo a lo que viene.
De hecho, cuando hablamos de carreras del futuro con papás preocupados por la inteligencia artificial, lo primero que les digo es que ninguna desaparece y ninguna es segura. Hay transformadas, potencializadas y de bajo impacto. Pero esa conversación tan importante no entra si tu hijo lleva tres meses sin dormir bien. Primero el descanso, luego la exploración amplia, luego el filtro.
Pon la cara de tu hijo en tu mente. Imagínatelo en 20 años. ¿En qué tipo de casa te gustaría que viviera? ¿Con qué cara te gustaría que llegara del trabajo? Esa imagen no se construye con una desvelada más para terminar un ensayo, se construye con un joven que tiene energía para conocerse.
Así que esta semana, antes de volver a hablar de colegiaturas, prueba esto: acuerda con él un horario de sueño posible, quiten el celular del buró y caminen juntos diez minutos en la noche sin hablar de la escuela. Parece que no tiene que ver con la vocación, pero tiene todo que ver.
El mayor riesgo no es que tu hijo no sepa qué estudiar, es que elija creyendo que eligió bien, cansado y con miedo. Si quieres que lo revisemos juntos con calma, tenemos una sesión informativa gratuita para papás donde te explico cómo acompañarlo paso a paso como facilitador.