Mariana, de Mérida, llegó a la cocina una noche con la decisión ya tomada. Diecisiete años, promedio bueno, dos mejores amigas desde secundaria. Nos dijo a su papá y a mí que las tres habían quedado en entrar a la misma carrera, en la misma universidad, y si era posible en el mismo turno. Por fuera se veía perfecto: una hija segura, madura, sin drama, que por fin sabía lo que quería.

Lo que en realidad estaba pasando era otra cosa. Mariana no había elegido una carrera, había elegido no separarse. Cuando su papá le preguntó qué le gustaba de esa carrera, se trabó. Cuando le preguntó qué hacían sus amigas los fines de semana, habló veinte minutos sin parar. Lo que quiero que te des cuenta es que ahí no había vocación, había lealtad. Y lealtad del tamaño de no querer despedirse en la banqueta de la prepa, ¿no?

Hay una conversación que están teniendo muchos papás con sus hijos y estoy casi seguro que en tu casa también está pasando. Tu hijo te dice que ya sabe qué va a estudiar y resulta que es justo lo mismo que su mejor amigo, que su novia, que todo su grupito.

Y te entiendo, tiene todo el sentido del mundo sentir alivio. Por fin se puso de acuerdo en algo, por fin dejó de decir no sé, por fin parece tranquilo. Seamos honestos, después de meses de tensión, cualquier respuesta se siente como un respiro. Hace total sentido que quieras celebrarla.

Te voy a quitar un peso de encima y es que tú no eres la persona adecuada para ayudarlo en esto. Probablemente no es lo que venías a escuchar, pero te lo digo con la mano en el corazón. Tú no eres el experto, eres el facilitador. Te pongo un ejemplo: cuando lo llevaste a la academia de karate o de ballet, tú no te pusiste el traje ni te subiste al tatami, tú lo llevaste con quien sí sabía. Acá es igual. Tu trabajo no es convencerlo, es ponerle enfrente las herramientas para que él se conozca antes de firmar.

De hecho, en trabajos hechos con estudiantes de bachillerato en México se ha visto lo mismo que vemos en casa: la opinión de los amigos y de las personas cercanas sí pesa a la hora de decidir, sobre todo cuando el joven todavía está formando su identidad. No es flojera. Tu hijo no está roto, no es malo, no es flojo. Muchas veces esa apatía por investigar es una llamada de auxilio silenciosa, es miedo.

Así que te voy a dar tres cosas para distinguir si tu hijo eligió una carrera o eligió seguir al grupo. Son tres preguntas que puedes hacer esta misma semana, sin pelear y sin sermón.

1. ¿La querría si sus amigos no fueran?

¿Dónde suele estar el error? En que hablamos del nombre de la carrera y nunca del grupo. Pregúntale así, con calma: si tus amigos se cambiaran mañana a otra escuela, ¿tú te quedarías en esta carrera o te irías con ellos? Escucha la primera reacción, esa es la honesta.

Te pongo un ejemplo. Diego, de Monterrey, juraba que lo suyo era administración. Todo su equipo de futbol iba para allá. Cuando su mamá le hizo esa pregunta, se rio y dijo pues me iría con ellos. Justamente ahí estaba la respuesta. No le dolía soltar la carrera, le dolía soltar al equipo. Y eso no se arregla con más folletos, se arregla separando la amistad del proyecto.

Seamos honestos, nadie nos enseñó como elegir carrera sin mezclarlo con el miedo a quedarnos solos. Por eso, cuando tu hijo dice que ya sabe que carrera estudiar porque es la misma que la de sus amigos, no lo tomes como punto final. Tómalo como punto de partida.

2. ¿Qué le pesa más: la carrera o la despedida?

¿Te ha dicho que no quiere ni pensar en quedarse sin sus amigos en la universidad? Eso no es berrinche, es duelo anticipado. Terminar la prepa es la primera despedida grande de la vida. Muchos jóvenes prefieren copiar el plan de sus amigos antes que sentir que se quedan fuera.

Sofía, de Tijuana, me lo dijo clarito en una sesión: yo sé que a mí no me brilla esa carrera, pero es que llevamos juntas desde primero de secundaria. Su mamá entendió entonces que el problema no era la información sobre las carreras del futuro, era la tristeza del presente. Hicieron algo muy sencillo: organizaron con las amigas una ida a conocer otra universidad, cada una a la que le latía. Vieron que la amistad seguía aunque los salones fueran distintos. Uno no puede amar lo que no conoce, y tampoco puede soltar lo que no se ha despedido.

Si sientes que mi hijo no sabe que estudiar y solo está repitiendo el plan de su grupo, no lo acuses de copión. Dile lo que sí ves: te veo con miedo a quedarte sola, a quedarte solo, y eso es normal. Validar ese miedo baja la defensa y abre la puerta a hablar de lo demás.

3. ¿Ya probó algo que sea solo suyo?

¿Cómo se sale del plan del grupo? Con una experiencia que sea solo de él. No con otro video, no con otra plática. Con probar.

Emilio, de Toluca, iba para ingeniería porque sus dos mejores amigos iban para allá. Su papá, en lugar de prohibirle, le propuso un trato: antes de inscribirte, prueba una semana algo que nada más sea tuyo. Fue a un taller corto de fotografía documental, que nada tenía que ver con su grupo. Descubrió que podía pasarse horas editando, observando, contando historias. No dejó a sus amigos, pero dejó de necesitar estudiar lo mismo para seguir siendo sus amigos. De hecho, eso es lo que hace una buena orientacion vocacional: separar la amistad del proyecto y darle al joven un terreno propio donde calarse.

Recuerda que hay casi 200 carreras. El listado de afines de tu hijo debería ser de 15, 20 o 25 opciones para explorar, no de una sola que le pasó su amiga por WhatsApp. Explorar primero, filtrar después. Esa es la única forma de que no apueste su colegiatura como quien le apuesta a un número de la ruleta.

Pon la cara de tu hijo en tu mente

Imagínatelo en 20 años. ¿En qué tipo de casa te gustaría que viviera? ¿Con qué tipo de cansancio te gustaría que llegara en la noche, el cansancio contento de quien hizo lo suyo o el cansancio amargo de quien siguió al grupo?

Las dos decisiones más importantes de una vida son con quién la compartes y a qué te dedicas. La amistad de prepa es valiosa, pero no puede cargar con la segunda decisión. Tus hijos van a tener nuevos amigos en la universidad, en el trabajo, en la vida. Lo que no van a poder cambiar tan fácil es haber estudiado cinco años algo que nunca fue suyo.

Así que esta semana no discutas la carrera de sus amigos. Pregunta por la despedida, por el miedo y por lo que todavía no ha probado. El mayor riesgo no es que tu hijo no sepa qué estudiar, es que elija creyendo que eligió bien.